Beatriz Muriel Hernández
Doctora en economía e investigadora del Instituto de Estudios Avanzados en Desarrollo (INESAD)
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Históricamente, el crecimiento económico de Bolivia se ha basado en la explotación de materias primas; dejando al margen los procesos de industrialización y generación de valor agregado. Algunas medidas estatales, sin embargo, buscaron contrarrestar estas tendencias - como la sustitución de importaciones en los años setenta, la promoción de exportaciones mediante acuerdos comerciales desde los noventa, y las políticas de apoyo al sector empresarial (principalmente micro y pequeño) a través de programas de asistencia técnica. Sin embargo, los varios esfuerzos por dinamizar las actividades productivas no tradicionales han sido dispersos e insuficientes y, adicionalmente, hasta la fecha Bolivia no ha contado con una estrategia de desarrollo industrial consistente, coherente e integral.
Cuando uno hace una retrospectiva sobre el desarrollo económico mundial en general, y productivo en particular, observa que prácticamente todos los países no-pobres −de ingresos altos−, y con mejores condiciones sociales, han alcanzado estos estándares a través del desenvolvimiento de sus industrias. Esta dinámica ha sido acompañada de tres factores fundamentales. Primero, de mayores y mejores bienes y servicios para el funcionamiento de éstas, que componen en conjunto el llamado clima de negocios; como la infraestructura vial, nuevas fuentes de energía, mejores servicios financieros e institucionales más idóneas, entre otros. Segundo, niveles de capital humano más altos, asociados a la educación y salud, así como de capital físico. Tercero, mayores compromisos sociales a partir de intereses comunes en una visión de progreso socioeconómico, como las normas laborales. El desarrollo entonces responde a una dinámica donde las actividades productivas juegan un papel central y donde los roles conjuntos y, al mismo tiempo, individuales del Estado y la sociedad son esenciales en el proceso.
La dinámica productiva, entretanto, ha tenido varias limitaciones en la historia del país, por varios aspectos. En primer lugar, el clima de inversiones ha sido poco favorable al desarrollo productivo, desvalorizando su incidencia sobre la generación de mejores empleos e ingresos así como en la disminución en la pobreza y la desigualdad. En particular, las debilidades históricas en términos de gobernanza han llevado a Bolivia ha encontrarse, a nivel mundial, en un puesto bajo en términos de calidad regulatoria e institucional para promover la actividad empresarial. En segundo lugar, el Estado se ha caracterizado más por el paternalismo y asistencialismo y menos por el “productivismo”; es decir, en el conocido proverbio, ha regalado pescados a la población pero no les ha enseñado a pescar o a procesarlos para adicionar valor y generar riqueza, lo que sería fundamental desde una perspectiva de crecimiento económico de largo plazo. Finalmente, la sociedad parece haber sido adoctrinada para demandar derechos sociales y políticos pero no para hacer valer sus derechos “productivos”. Por ejemplo, no existen debates políticos ni movimientos sociales que promuevan soluciones a los problemas de empleos improductivos, con los consecuentes bajísimos ingresos y condiciones de vida; es más, los trabajados precarios parecen haber aumentando fuertemente durante la última década; con más niños lustrabotas, con más dulceras y caceras de frutas en las veredas, vendiendo para sobrevivir, con más actividades ilegales asociadas a la delincuencia, etc. Así, el desarrollo productivo ha quedado relegado a segundo plano, y con él, la ilusión de llegar a ser en un mediano plazo un país desarrollado sin problemas de pobreza, desigualdad e injusticias socioeconómicas.
Beatriz Muriel Hernández
Doctora en economía e investigadora del Instituto de Estudios Avanzados en Desarrollo (INESAD)
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