Tocando a Fondo
La trata de personas en Bolivia Enfermedad degenerativa de la socieda




La Trata de Personas ocupa, a nivel mundial el tercer lugar de importancia entre los crímenes organizados después del narcotráfico y el tráfico de armas, debido a que genera anualmente en el mundo unos 32 mil millones de dólares y hace víctimas a 2,4 millones de personas, el 70% lo constituyen mujeres, según estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones. (30 de agosto de 2009).
Esta actividad alcanza niveles que pueden considerarse una pandemia, enfermedad descontrolada y que va creciendo e incrementándose de forma exponencial. Así mismo se la considera degenerativa de la sociedad, porque tiene sus orígenes en ella y destruye absolutamente todos los conceptos y esquemas estructurados en cuanto a un contrato de convivencia social, a la vez que corrompe y tergiversa los valores y principios en los que se basa está convivencia.
La trata de personas es un fenómeno que se desarrolla a nivel mundial, en países ricos o pobres e involucra a estos ya sea porque se trate de país de origen, de tránsito o de destino, afectando los derechos fundamentales de las personas y a la población en general. Los tratantes no discriminan edad, sexo, raza o lugar pero sin duda se inclinan por desarrollar este delito en áreas consideradas en situación de riesgo y desventaja social.
De acuerdo al protocolo contra la trata de personas, se la define como: la captación o el reclutamiento, el traslado de una persona o varias personas dentro y/o a través de fronteras nacionales, mediante engaños, amenazas, uso de violencia, abuso de autoridad o posición dominante, endeudamiento, u otras formas de coacción, para someterla a realizar actividades en contra de su voluntad y con fines de explotación (en el servicio doméstico, prostitución forzada, matrimonios serviles, trabajos forzados u otros).
Si bien, la FELCC (Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen) hace un par de años creó una unidad específica para atender casos de trata y tráfico de seres humanos, los resultados parecen ser mínimos, porque las redes y bandas que trabajan en Bolivia tienen implicaciones internas y están bien organizadas. Sin embargo lo que sostiene esta actividad y en todo caso le da vida es el sector oculto, pero el más importante, “la demanda” o “el cliente”, quienes tienen una corresponsabilidad en la trata de personas.
La vulnerabilidad de nuestra sociedad es muy alta, agravada por la falta de mecanismos de control real y eficiente en nuestras fronteras, el control existente es escaso e incipiente.
Los debates, talleres y foros que tratan esta problemática, escenarios en los cuales participan las familias de las víctimas y las organizaciones que trabajan contra este delito, arrojan conclusiones del trabajo investigativo, destacando el control en las fronteras, a la vez la instalación de defensorías y puntos policiales de control, el endurecimiento de las penas para los tratantes y las autoridades que puedan estar involucradas en este delito, el juzgamiento al “cliente” es decir al consumidor y la participación más activa de la sociedad en la seguridad ciudadana.
Datos que no ayudan
Según las estadísticas, los casos atendidos por la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen a nivel nacional del primer trimestre de este año, revelan que se atendieron 94 casos, de los cuales 55 son de trata y tráfico de humanos, donde los departamentos de La Paz, Santa Cruz y Cochabamba registran las cifras más altas a diferencia de Tarija y Beni. El panorama es y fue casi similar en los pasados años, donde los departamentos del eje troncal del país encabezan la lista y no existen datos e informes que identifiquen el trabajo realizado en las fronteras con Cobija, Beni, Tarija, Oruro y Potosí.
Ante estos hechos María Luisa Cadena de Jiska Pankarita de la Fundación La Paz, mencionó que: “Bolivia se convirtió en un país de origen, salida y de paso de estos cargamentos humanos por la diversidad fronteriza que poseemos; seguramente aprovechando que el ingreso es sencillo los miles de visitantes al año están entremezclados con los tratantes y proxenetas quienes salen sin problemas llevando consigo a niños, niñas, adolescentes y jóvenes”.
Lucha y búsqueda sin descanso
Si bien la Policía realiza su trabajo de rastreo y en algunas ocasiones realiza batidas, acciones que van en contra de las bandas de trata y tráfico, los escasos resultados alcanzados, para las familias de las víctimas no son suficientes y no encuentran una explicación coherente en la retardación investigativa y judicial. Por esta razón, durante los últimos meses y a raíz de las ultimas desapariciones que no presentan avances en las investigaciones, que al parecer no tienen solución, se organizaron vigilias, marchas, protestas, denuncias, movilizaciones que conmovieron a la sociedad y se pudo evidenciar la presencia de muchas organizaciones dedicadas a este tema, las cuales ofrecieron respaldo para continuar con la búsqueda.
La Fundación Ser Familia y Fundación La Paz,[1] llegaron a la conclusión que consideran evidente en el sentido que se debe fortalecer a la policía en lo que se refiere al seguimiento y continuidad de cada uno de los casos específicos; el control escaso que existe en las fronteras del país debe ser analizado, evaluado y reestructurado, con el objetivo de poder contar con un mecanismo de control real; las barridas y batidas que se realizan en las ciudades clave deberían ser constantes, sorpresivas y efectivas, porque lamentablemente cada vez que encuentran a menores rescatadas de algún lenocinio no se tienen datos ni información de los tratantes y delincuentes y si fueron o no aprehendidos, o lo peor si fueron advertidos por alguien de las acciones policiales.
Muchos de los familiares de desaparecidos tomaron la decisión de investigar por cuenta propia, cansados de peregrinar oficinas y ciudades durante años, tratando de encontrar soluciones y respuestas. La decisión de asumir el rol de investigador y realizar la búsqueda sin fin de sus seres queridos los ha impulsado por la desesperación, por el amor y la esperanza a infiltrarse dentro de las mafias organizadas para poder dar con el paradero de su ser amado, algunos han tenido éxito otros no. Estos actores y héroes anónimos son valientes madres y padres que tienen que enfrentar estas redes, asumir la responsabilidad del peligro que corren y muchas veces soportar el peso de la burocracia y el poco o casi nulo apoyo de las autoridades.
“Nos mataron en vida”
María (nombre ficticio) es madre de una menor rescatada, víctima de trata. Su hija fue engañada por una proxeneta, que en ese momento se presentó cerca de su colegio como una amiga que quería ayudarla. “Estas personas son muy astutas, investigan y rastrean a sus víctimas, saben su dirección, amistades, familiares, saben todo, por eso se aprovechó de mi hija en vista que nosotros pasábamos justo en ese momento por tiempos muy escasos de dinero” cuenta María.
La hija de María, contó toda su vida a esta mujer que se fingía su amiga y le dijo que quería ayudar a su mamá y a su familia consiguiéndole un trabajo. “Esta delincuente, le dijo a mi hija que era un ángel y que sabía por lo que estaba pasando, dada su inocencia la engañó y la envolvió de tal manera que mi hija aceptó la propuesta de trabajo, que por cierto ofrecen sumas muy elevadas para convencer aún más a sus víctimas; y lamentablemente mi hija cayó en sus redes y se la llevaron para que abusen de ella, me la torturen, golpeen y exploten sexualmente”.
La muchacha pasó por varios lugares de tortura y casi terminan con su vida. Su madre la encontró literalmente moribunda en una zona alejada de la ciudad donde se desangró por dos días; ante tal desesperación fue trasladada a un nosocomio para ser atendida donde lamentablemente la atención no era inmediata y los médicos exigían a la madre que compre primero las unidades de sangre para poder ser intervenida “tenía siete pesos en el bolsillo, lo único que podía era gritar en mi desesperación que salven por el amor de Dios a mi hija, que ella era mi único tesoro del cielo y que sin ella mi vida no tendría más sentido. En algún momento un médico se apiadó de mi” recuerda llorosa.
María antes, durante y después de su tragedia pasó por cuatro fiscales los cuales derivaron funciones a investigadores haciendo que el trabajo sea muy burocrático. Pasó por varios lenocinios, bares, cantinas, discotecas y casas privadas (aparentemente) para poder encontrar a su hija desaparecida “Me junté con los pandilleros en las calles, llevo mis investigaciones por cuenta propia por siete años, me paraba con las proxenetas para escuchar y aprender cómo trabajan, me hice amiga de ellas para saber a cuantas menores manejan. Es un mundo espantoso porque lamentablemente pude ver cosas que ustedes jamás las verán, niñas enterradas muertas en un hoyo, ver fetos y bebes tirados en grietas. No puedo creer cómo esta gente puede adueñarse de la vida y el cuerpo de la gente”
Tras amenazas contra su integridad física la de su hija logra escapar de sus tratantes después de varios meses de tortura y sufrimiento, María y su hija continúa luchando con decenas de familias que atraviesan por ese sentimiento de impotencia y dolor diarios “Ustedes no se imaginan, cuán doloroso es entrar al cuarto de tu hijo y que la cama esté vacía, que ya no esté más en el lugar donde ocupaba en la mesa, las risas y carcajadas hayan desaparecido, no se lo deseo a nadie. Gracias a Dios mi hija está conmigo ahora, pero todos los días vivimos con el miedo que algo le pueda pasar o que ahora es el turno de mi hijo, porque esos maleantes ya me “ficharon” (identificaron). Estamos muertos en vida ya nada es lo mismo”
Es una historia como muchas de las que se tiene en Bolivia, sin embargo, María, encabeza un grupo de padres y madres que tienen a sus hijos desaparecidos como también recuperados; de manera muy reservada se reúnen para organizar movilizaciones y algunas batidas por cuenta propia en lenocinios y prostíbulos que consideran sospechosos y así poder recaudar información sobre la existencia de algún menor dentro de estos lugares.
Saber que en estos momentos millones de personas están sometidas a humillaciones y esclavitud produce un sentimiento de impotencia, lo peor de todo es que este delito esta a la vuelta de la esquina y muchos desconocen o lo ignoran. En Bolivia se la identifica en todos los departamentos y se conoce las miles de personas que emigran al extranjero.
En nuestro país, a las víctimas de trata las volvemos a victimizar, las judicializamos, las estigmatizamos y etiquetamos, cuando se habla de trata de personas, lo más común es que relacionamos la trata con las mujeres y la prostitución (flojas, cómodas de la vida fácil); existe un desconocimiento y una suerte de ignorancia sobre la trata inclusive en algunos operadores de justicia, pero las formas de esclavitud van mucho más allá y la prostitución forzada es apenas una de ellas: pornografía, turismo sexual, trabajos forzados, familias cautivas, matrimonios serviles, mendicidad, tráfico de órganos, servidumbre por deudas o los actos forzados en prácticas religiosas y culturales, entre otras, son las otras caras de esta realidad que nos negamos a aceptar.
[1] Varias organizaciones no gubernamentales trabajan específicamente en este tema sensible para la sociedad, una de ellas es la Fundación Ser Familia, la Fundación La Paz y otras entidades sin fines de lucro implementan acciones vinculadas a información, atención, acompañamiento y la generación de oportunidades laborales. Rodrigo Aguilar, Director Ejecutivo de Ser Familia destaca que “…el tema de la lucha contra la trata de personas tiene que ver con la voluntad política de cada una de las organizaciones que trabajan en la temática, lo mismo sucede con las instancias estatales, la policía y las organizaciones que trabajan en la lucha contra la trata de personas tenemos un desafío donde debemos participar todos los sectores de la sociedad…”
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