Actualmente existen en Bolivia diferentes programas y proyectos que tienen la finalidad de apoyar nuevos emprendimientos y fortalecer otros. Muchos de ellos, además de promover el desarrollo de capacidades, consideran distintos aspectos como la entrega de un capital inicial, herramientas y metodologías de trabajo empresarial y, también, orientaciones para un acceso seguro a mercados locales o regionales. Son iniciativas laudables que merecen el apoyo serio y material de todos, puesto que el desarrollo empresarial es cardinal para la economía del país.
No obstante, aún no son muchas las iniciativas orientadas a fortalecer capacidades empresariales exclusivamente en mujeres, sean jóvenes o adultas. En una sociedad como la nuestra, que todavía cultiva hábitos machistas, la promoción de los derechos económicos de las mujeres sigue siendo un asunto imperfecto sobre el que hay que actuar con ímpetu para obtener resultados tangibles.
Ahora bien, en no pocos casos y en diferentes segmentos de la sociedad boliviana, es el entorno cercano el que no propicia el desarrollo de iniciativas empresariales femeninas. La familia, la pareja o incluso las amigas o vecinos suelen expresar comentarios peyorativos, propios de una cultura centrada en el hombre, como los siguientes:
- “El rol del marido es el de proveer los recursos económicos, por tanto el lugar de la mujer está en la casa”
- “Si el marido la mantiene, ¿por qué iniciar un negocio?
- “¿Para qué seguirá estudiando?, “Va a conocer a alguien, se casará y sus estudios no le van a servir de nada”.
Estas opiniones del círculo próximo de la mujer pueden limitar su potencial creativo, restringir su crecimiento y robar su sueño de realización personal; algunas sucumben a la presión social, otras dejan para más adelante estos propósitos o renuncian definitivamente a esta aspiración. O es alguna razón apremiante que obliga a iniciar un emprendimiento por necesidad.
De ahí la urgencia de diseñar e implementar programas generales y focalizados según características socio-culturales, de edad y de región geográfica. Por ejemplo, cuando se trate de intervenciones en zonas periurbanas o rurales, los objetivos no sólo tendrán que tomar en cuenta el desarrollo de capacidades empresariales, sino también otros aspectos previos como el reforzamiento de conocimientos y habilidades básicas de lectura y escritura. Las personas de estos segmentos pueden tener bajo nivel de escolaridad pero también pueden poseer un caudal de experiencia laboral y productiva que hay que redimir.
En este contexto, desde la esfera personal de la mujer será necesario ser pertinaz, desplegar una voluntad implacable y de perseverar en los propósitos definidos. Desde la esfera pública, ya sea a partir del nivel central, departamental o municipal, deben crearse fondos abiertos y concursables para todas aquellas mujeres que quieran iniciar un emprendimiento. Desde las grandes o medianas empresas, el apoyo a mujeres focalizando grupos en condición de pobreza o ruralidad es una gran oportunidad para desarrollar acciones de responsabilidad social empresarial.
Finalmente, las organizaciones no gubernamentales pueden aportar mucho con su conocimiento de buenas prácticas y lecciones aprendidas para la implementación exitosa de programas de emprendimientos femeninos. Acciones de esta naturaleza ayudarán a empoderar a las mujeres, fortalecerán las familias y dinamizarán nuestra economía.









